El primer día que mi hermana estuvo aquí no me conformé con las torturas que conté en la entrada anterior: cuando llegamos muertas a casa le dije que tenía que conocer a Adam y teníamos que llevarle la botella de resoli que le pedí que me trajera como regalo típico.
Parece que a Adam y a su mujer les encantó el regalo. Nos querían invitar a cenar y nosotras ya no podíamos comer más, así que el postre turco que nos dieron se convirtió en un “take away” y nos comprometimos a ir un día a comer algo allí antes de que Ana regresara a España.
Carolina cambió las sabanas de la litera para que pudiéramos dormir las dos en la de abajo. Lo cierto es que ahora que he vuelto a la de arriba echo de menos la de abajo porque cuesta menos despertarse.
El jueves fue el día de visita a Nothing Hill y por su puesto a Portobello. Recorrimos Hyde Park y con la ciudad iluminada nos fuimos a Harrods, que ya tiene el edificio en versión navideña. Aquí compramos para mi hermana Consuelo el mítico bolso e hicimos las visitas propias a los lugares recordatorio de la muerte de Lady Di y Doddy (o como se escriba).
Esa noche la escuela celebraba la mítica cena navideña inglesa por el módico precio de 15 libras: un plato y postre sin bebida. Fue la oportunidad para presentarle a mi hermana algunas personas de la escuela, pero no fue, para nada, la oportunidad para cenar bien. Andrew venía de vez en cuando a decirme que esa cena tenía que ser una broma y, por supuesto, que el postre era una mierda.
Pero bueno, de todo hay que aprender, ahora la mayoría de los que estábamos allí sabemos que la cena de Navidad de nuestros respectivos países es mucho mejor que la de aquí.
Lo más interesante del día fue descubrir que en Portobello Road hay un par de tiendas de productos españoles. Es imprescindible saber la ubicación de las mismas cuando se planea estar aquí varios meses. En un determinado momento no está mal saber que puedes ir a comprar “caldo gallina blanca”.
Escucho: When you say Nothing at all (Ronan Keating)
