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lunes, 22 de febrero de 2010

¿Me puedo llevar a la Mariana en la maleta?

El sábado llegué a Barajas de visita relámpago a mi tierra. Mañana me voy y tengo una mezcla de pena y alegría un tanto extraña.

La semana pasada que empezó con el cumpleaños de Oscar casi termina con un buen susto. El jueves se mordió la lengua y sus padres tuvieron que llevarlo al hospital con medio centímetro de lengua abierta. Cuando lo recuerdo me pongo nerviosa otra vez. Yo estaba a cargo de los dos pequeñuelos. Les puse un dvd de “Cantajuegos” para que vayan aprendiendo canciones en español y, mientras baila y cantaba con Arturo. Oscar daba vueltas (y meneaba el culete) alrededor de una mesa redonda. En su baile personalizado debía estar incluyendo el paso de la lengua fuera, debió darse contra la mesa y molérsela. Casi no lloro, pero la sangre no tardo en ser escandalosa. La lavé pero no conseguí verle la herida, selló los labios y no conseguí idear juego o canción que le hiciera abrirlos.

James lo consiguió poniéndolo bocabajo y puedo asegurar que su lengüecilla tenía una pinta horrible. El médico dijo que las heridas de la boca no se pueden coser, pero cicatrizan pronto. Y así fue, al día siguiente la tenía bastante mejor.

Con el panorama bastante más calmado, me viene a mis quehaceres fugaces en España. Y al primer paseo por El Corte Inglés con la Mariana ya me puse melancólica. Me sentía tan a gusta al lado de esa viejecita encogida, apoyada en su muleta que no me apetecía pensar en la idea de lo corto que iba a ser nuestro encuentro. Reconozco que le dije algo así como: con lo a gusto que estoy allí es una pena que no sea más fácil venir de vez en cuando.

A pesar de eso, unas horas antes casi dejo de lado a la pobre mujer que me trajo al mundo. Al llegar al aeropuerto la primera cara que vi fue la de Pablo y, a sus alrededor, los rostros esperados: Eva, Carlos, Consuelo, el rubio y la Mariana, pero, de repente, dos manos que no esperaba llamaron mi atención: Luci y Estefa. Pararon mi sorpresa con la frase: “¡pero saluda primero a tú madre!”

Tengo que reconocer que me encanta que alguien me esté esperando a mi llegada de un viaje y se agradece mucho aunque no sea por sorpresa, pero cuando te coge de improviso se puede decirte que te hace todavía más ilusión. Y también un poco de rabia llegar con retraso y no haber podido avisar porque no sabías que iban a estar allí.

De todas formas estos pequeños detalles, los momentos con la familia, las calles del lugar donde has crecido, las paredes de tu hogar y, en definitiva, lo que compone tu vida cotidiana, te hacen sentirte querido y afortunado ero, por otro lado, triste por saber que solo dura un rato. Y, al mismo tiempo, te recuerda que esos momentos los hace más grandes el hecho de estar fuera, lo que supone un aliciente para tener ilusión por volver a marchar. Además, las cosas me están yendo bien en Luton, así que no me da pereza volver pero, al mismo tiempo, me da pereza separarme de nuevo de los míos.

Así que esta es mi explicación (o intenta serlo) de porque estoy eufórica y melancólica a la vez.

Sólo he traído la maleta de mano así que no voy a poder llevar muchas cosas, pero algún chorizo se vendrá conmigo.

Como mi madre me dijo por teléfono, tenía guardados los huevos del gallo que mató y el corazón. Me los cené el mismo día que llegué y, posiblemente publicaré la foto del manjar otro día. Y sí, lo he dicho bien, me comí los huevos de gallo y estaban buenísimos, los recomiendo.

Escucho: ¡Qué viva España! (Manolo Escobar)