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sábado, 6 de febrero de 2010

Con Bikini en febrero

No voy a hacer ningún viaje a alguna playa paradisiaca, ni tampoco me he vuelto loca y he decidido pasearme por Inglaterra en ropa de baño, pero Marta me dijo que algún día podíamos ir a la piscina cubierta con los niños, así que me tocó visitar, de nuevo, Primark (mi segunda casa) y coger un bikini. Esto de adelantar la “operación bikini” al mes de febrero en el país de la grasas no va a ser lo mío, pero ya he comenzado con una actividad: la salsa (a la que se unirá lo de ir a nadar a mi pésimo estilo).

El jueves fui al colegio a ver si, de una vez por todas, empezaba con un curso (y así, de paso, conozco a gente, por que me voy a acabar convirtiendo en una amargada sin vida social o me voy a pasar fin de semana sí, y fin de semana también, en Londres, y eso no hay bolsillo que me lo resista). Las noticias sobre mi nivel no son mal, parece que me van a poner entre los niveles altos pero, eso sí, si hay plazas. Todo está en el aire. Los nuevos cursos empiezan el 25 de febrero y, hasta entonces, solo me queda esperar a que me llamen por teléfono.

En la desesperación de hacer algo nuevo, Marta llamó a un amigo suyo para que me llevara con el a clases de salsa. Se llama Thomas y es el primer inglés majo que conozco en mi vida. Es un hombre mayor, que tiene una nieta y gran sentido del humor. Marta me dijo que podía confiar plenamente en él. Me pagó la entrada y una pe’si (como diría Fernando Torres) y me presentó a todo el mundo que pudo. El único problema es que la media de edad de la sala rondaba los 50 (bueno, la bajo a 40 porque había alguna niña y alguna muchacha jovencita). Pero no dejó de ser una buena oportunidad para moverme y, sobre todo, para hablar: nadie hablaba español. Bueno, Thomas habla un poquito, así que hemos quedado en que él me ayuda con los bailes y yo le ayudo con el español.

Por un pequeño imprevisto llego a España el día 20 de este mes y regreso el martes 23. Es un viaje relámpago que preveo muy familiar, pero tendré algún ratillo para sentarme en la barra del bar de Javi. A ver si antes de esa fecha conozco a alguien de mi edad entre baile y baile o las aguas de la piscina.

Sobre los peques, poco nuevo que decir. Está semana he “trabajado” muy poco porque Marta tenía días libres así que no he pasado mucho tiempo sola con ellos. He conseguido meter en la cama a Arturo (no sólo en la siesta, también por la noche). A la media hora de dejarle acostado empezó a llamarme al grito de “tita” y, cuando llegué a su habitación me recibió con una sonrisa de oreja a oreja diciendo: “tita, no quere dormir”.

Es increíble como pasan de la sonrisa al llanto fuerte, de cero a 100, con sólo una frase, en el tono más dulce posible: “no Arturo, es hora de dormir”. No estuvo mal la estrategia porque bebió más leche de la que había tomado en el primer intento.
Óscar ha dado sus primeros pasos agarrado a un andador, pero nos e atreve a soltarse del todo, pero poco a poco…

Esta experiencia, al contrario que la de la biblioteca de Getafe (que me dejó diciendo: “no estoy hecha para trabajar con niños de primaria”), me está haciendo plantearme seriamente mi futuro como maestra. Debo ser masoquista, pero cuanto más tiempo paso con los niños, cuanto más dolor de cabeza me ponen, cuanto más me sacan de mis casillas, más pienso “¿por qué no trabajar con niños como maestra?”. Al mismo tiempo que acabo reventada, me van gustando más y más…

Y, ¿qué pasa con periodismo? Toda la vida empeñada en hacer esa carrera y ahora no se como ubicarla en mi vida, porque por un lado quiero ser reportera y andar siempre de aquí para allá, pero por otro quiero estar con niños, y con ellos no se puede andar de aquí para allá… ¿cómo puedo compatibilizar las dos cosas?

En fin, vida social no tendré, pero tiempo para comerme el tarro…me sobra…

Escucho: Al mar (Fito y Fitipaldis)